dissabte, 15 de juliol de 2017

Tierra de campos de David Trueba

Títol: Tierra de campos
Autor: David Trueba
Pàgines: 404
Edició: Primera abril 2017
Editorial: Anagrama
Col·lecció: Narrativas hispánicas nº 584
ISBN: 978-84-339-9832-3
DIBA: N Tru

Jo diria que li sobren pàgines però és d'aquells llibres que deixen pòsit, que d'alguna manera afegeixes a la teva vivència personal i esdevé una mena de record afegit. Imagino que el tractar-se d'un cineasta fa que sigui molt visual.

El mateix fet de tractar-se d'un cineasta va fer que, en un principi, fos una mica reaci a la seva consideració com a objectiu a llegir. Fa massa por el círcul mediàtic per arriscar-se però en aquest cas pot ser el plantejament és diferent. I si és una mena d'aproximació a un pensament renaixentista en que es desenvolupaven diferents arts. Blitz ha rebut bones crítiques. 

Sigui com sigui, el resum podria anar per allò de "el esfuerzo merece la pena". 

Ha estat un llibre recomanat per Todo está en los libros i l'entrevista fou força agradable.

Uns quants detalls:

En un semáforo, un conductor treintañero me reconoció y me habló a través de la ventanilla. Tú eres Dani Mosca, ¿no? Asentí con la cabeza. ¿Se te ha muerto alguien?, me preguntó. Mi padre. Vaya, lo siento mucho. Tranquilo, le dije, fue hace ya casi un año. Ah. Y, ante su cara de pasmo, estuve a punto de decirle que desde entonces deambulábamos buscando un lugar para enterrarlo. (pág. 38)

Vicente siempre lo explicaba. Uno triunfa no por su genialidad, sino por su menosmalidad. Por ser menos malo que los otros. (pág. 54)

Había que lograr correrse sin relajar el oído, alerta, porque cualquiera podía abrir de pronto la puerta y que me pasara como a un compañero del colegio al que su madre le había descubierto cascándosela y que se había justificado con un miserable mamá, en mi clase todos lo hacen, que nos valió una reprimenda general del tutor del curso. (pág. 59-60)

Ávila está llena de vampiros, me decía para describirme la ciudad de la que procedía. (pág. 62)

Iba a un colegio de curas, nos dijo, en esa ciudad que mucha gente cree que está rodeada de muralla para que nadie entre, pero la realidad es que la muralla está ahí para que nadie salga. (pág. 94)

Era robusto, poderoso y sostenía que usar los frenos en la bici era de mariquitas, así que para detenerla provocaba un derrape que levantaba el polvo rojizo y se lanzaba al suelo a cuerpo limpio (...) Sostenía que hacerse una paja consistía en meterse una paja del campo por el orificio de la uretra y que los niños salían por el culo de las mujeres. Cuando naces, te cagan, me explicó. Y aquellos conocimientos fisiológicos suyos me sumían en una confusión profunda. (pág 112)

Jandrón agarró con un movimiento ágil a una de las gallinas, la inmovilizó con sus manazas y en medio de las protestas del animal, que se agitaba y perdía el plumaje, le introdujo el pene por su orificio trasero. La gallina, que era marrón y blanca, con el pico anaranjado, guardó un silencio intrigado cuando se sintió sodomizada. Ves como se calla, eso es que le gusta, y Jandrón la movía adelante y atrás. (pág. 113)

¿Qué pretendéis? ¿Que se me llene el corral de gatos?, nos dijo mientras metía a los gatitos en un saco de grano. Luego echó dos piedras pesadas dentro y ató la boca con un cordel. Yo sabía que era Ignacia quien había llevado el plato de leche hasta allí, pero no dije nada. Hala, ahora vais y tiráis el saco al río, nos exigió el padre de Jandrón, y como me entere yo de que los dejáis escapar, os pego una paliza que os escostrabazo. (pág. 115)

Al final de la calle había un prostíbulo, cerrado a esa hora, con un cartelón en tonos rojos que decía Borgia 2. Quizá no existía un Borgia 1, pero así daba aire de franquicia a esa fachada de ladrillo, rancia y decaída, que se ofertaba a la carretera con la promesa de putas baratas. (pág. 120)

Las rarezas de mi padre se añadieron a su resolución de seguir radiante pese a la situación dolorosa que vivíamos en casa. Fregaba los platos sin jabón, bah, si apenas están sucios. Limpiaba con la misma bayeta la taza del váter y el lavabo, por ese orden. (pág. 127)

Jandrón era ahora el alcalde. Se había convertido en una versión respetable del niño que conocí muchos años atrás cuando nos enseñábamos las pollas mutuamente. Ese detalle nos otorgaba una familiaridad a prueba de olvido. (pág. 226)

Llevaba una banda protocolaria cruzada en el pecho, pero en lugar de darle prestancia le hacía parecer un pollo envasado de oferta en el supermercado. (pág. 227)

À la merde. Lo siento, desolé, me dijo. Asentí con la cabeza, desolación. A lo mejor procedía de quedarse sin sol, a oscuras. Desolación. Desolé. Lo contrario de olé, sin olé. Desolé. Sin España, sin fiesta, ni toros, ni sol.  (pág. 229)

La música en estadios, los festivales con cien grupos, son inventos de alguien más preocupado por la taquilla que por el espectador. Todo esto se jodió cuando se impuso el concepto de público. Se desprestigió la individualidad, la relación personal, para primar la cantidad sobre la calidad. Es detestable pensar en el público, lo único interesante es pensar en una persona que te escucha. (pág. 235)

Me sonrió y me invitó a decir unas palabras. Negué con un movimiento de manos. No, no, sólo gracias a todos por venir, acerté a balbucear. Se desató espontáneo ese aplauso aprendido de la tele, donde todo se aplaude. (pág. 266)

Dedicamos un rato a admirarla entre sus tres compañeros de conjunto, donde había otra mujer más mayor, de aspecto risueño e insustancial. Nos faltaba precisión para determinar la edad de la violonchelista, pero sus rasgos eran el fruto de muchas generaciones que sumaron méritos hasta procurar el accidente de su perfección. Su pelo era de una lisura extrema, recogido en una cola de caballo que flotaba al moverse, y su labio superior formaba un arco armónico con la mandíbula en esa piel del color del papel de arroz. La coronación de su belleza llegaba al cerrar el párpado y descubrir un pequeño lunar imposible dibujado allí mismo, que aparecía y desaparecía con el movimiento de sus ojos, ahora sí, ahora no. Cuando nos alejamos hacia otras salas del museo costaba despegarse de allí, el cemento del suelo había cuajado con nosotros plantados, la música se sostenía en la lejanía con una sonoridad interminable (pág. 271)

Y ésa es mi labor principal como alcalde, pero claro, que además le pongamos tu nombre al centro es un honor, que ya te aseguro que a los de los pueblos de al lado les va a tocar los cojones, porque aquí mucho famoso no ha dado la tierra, no te digo más que la Biblioteca de Cejuños de Campos se la han tenido que dedicar a Paloma San Basilio, y sólo porque su bisabuela era de allí. Dicen que era de allí, corrigió la Luci con agresivo escepticismo. (pág. 277)

los ojos inventan lo que miran (pág. 289)

Animal se había escapado de putas la noche anterior, después de empujarme a mí a la habitación de Kei. En el Tobita Shinchi o barrio rojo, paseó por los escaparates donde se ofrecían mujeres para consumo, y sostenía, enigmático, que quien no se ha acostado con una japonesa no sabe lo que es el sexo, y los demás reían y pedían detalles. (pág. 290)

Mucho después me contó que Serrat había comentado con sorna el daño que aún hacían las canciones de amor. Le gustaba contar el empeño de un viejo amigo por ponerle un pleito a Frank Sinatra, porque al parecer mientras escuchaba «Strangers in the Night» le había pedido matrimonio a su mujer y quería reclamarle daños y perjuicios. Ya no recuerdo quién me dijo, algo después, que si la literatura y las canciones se dedicaran a glosar la grandeza inmortal de un buen plato de lentejas, todos iríamos a buscar las más sabrosas al final del mundo. Puede que tuviera razón. (pág. 292)

Su rostro era el accidente feliz en aquel entorno, y bajo el vestido estampado y gaseoso de verano el contorno de su cuerpo, como decía el poema, parecía casi un proyecto de arcángel en relieve, con unas piernas finas que acababan en dos botas militares sin cordones. (...) En el salón había diversas fotografías del padre de Jandrón, muerto unos años antes. No resultaba creíble que aquella muchacha tan hermosa pudiera proceder de los genes de aquel hombre que miraba cejijuntísimo a la cámara fotográfica, que lo retrataba con el gesto de quien piensa que ese invento no tendrá mucho futuro. Paula dijo, tras soltar al aire un saludo general, que había comido en casa de unos amigos. Yo llevaba un rato en compañía de la rama desafortunada de sus genes familiares y su entrada en escena me alegró. (pág. 292-293)

Cada despedida es un ensayo para la despedida definitiva. Con cada ocasión de un adiós le concedemos a la tristeza una jornada de prácticas. Así, Kei se empeñó en venir a despedirme al aeropuerto pese a que yo le pedí que no lo hiciera, que se ahorrara ese entrenamiento de un músculo que no se entrena. (pág. 321)

Son las hermanas de Gus, ¿te acuerdas?, el chico que tocaba conmigo, tuve que explicarle. Ah, el que se suicidó, dijo Jandrón, cuya sensibilidad aún está en busca y captura. (pág. 335)

No me pareció a primera vista un seguidor habitual de mis canciones, sino que más bien tenía cara de fotógrafo de platos combinados, así que levanté la vista con curiosidad para mirarlo cuando me habló. (pág. 338-339)

Al regresar a casa tras nuestras salidas de concierto, ella le obligaba a eyacular en la palma de su mano, para medir de ese modo si el volumen de esperma era el correcto después de unos días de abstinencia o la había engañado por ahí con cualquiera. Nos reíamos de Martán cuando tragaba botellas de leche de soja en la furgoneta de vuelta a Madrid, porque le habían contado que eso aumentaba el flujo de esperma y así esquivaría el tosco examen de fidelidad al que le sometía su mujer. (pág. 360)

Jandrón me señaló los andamios junto al altar de la iglesia, con el pequeño retablo a imitación del churrigueresco. Estamos restaurándolo, nos ha salido un mecenas, añadió Jandrón. Pero entrecruzó una mirada irónica con el párroco. Sí, menudo mecenas, dijo Javier. Bueno, es vecino del pueblo y muy creyente, con eso basta. Jandrón, por favor, le cortó Javier. Parecía una disputa ya habitual entre ellos. No sé si al venir por la carretera habrás visto un prostíbulo que se llama Borgia, me preguntó Jandrón. Borgia 2, dije yo. Sí, tiene seis entre Benavente y León, acojonante, pero las cosas son así, explicó Jandrón, ese negocio nunca está en crisis. (pág. 368)

Ella y yo nos volcamos en nuestra pasión profesional. Hacíamos el amor como funcionarios matrimoniales. Ya no había rastro de sus locuras de cama, como las llamaba ella, de sus fantasías sensuales, de sus poemas de almohada, de su pericia para practicar el cangrejo japonés, disciplina erótica que dejaba boquiabierto incluso a Animal cuando me obligaba a pintársela en detalle y explicarle cómo ella me había descubierto una masculinidad distinta en la contención. Pero eso era antes, ahora todo era follar con un pie en preparar los Cola-Caos del desayuno. (pág. 370)

Un tipo con sonrisa de lubina insistía en presentarse como un primo de mi padre y me alargó su tarjeta para decirme que trabajaba en una sucursal del Banco Bilbao Vizcaya de Palencia. Por si alguna vez necesitas algo. Gracias, gracias. Y me sorprendió que alguien pudiera caerte tan mal en tan breve espacio de tiempo, eso se llama optimizar los esfuerzos. (pág. 380)

yo solo espero haber sido tu mejor fracaso (pág. 389)

Los amigos siempre creen tener el poder de romper a golpes de cortafríos la tristeza de su íntimo. (pág. 390)

La Luci se acercó a mi lado un momento. Te acuerdas de cuando éramos críos, ¿verdad? Yo me detuve a mirarla para entender a lo que se refería. Ahora me arrepiento de no haberte dejado mirarme las tetas, y al decirlo recuperó la cara de hacía tantos años, de la adolescente con personalidad que fue, y soltó una risotada. Ya habrá otra ocasión, espero, le respondí. Cuando quieras, me dijo desafiante, y por primera vez encontré que la Luci conservaba un aire de rotundidad atractiva. (pág. 398-399)

Con un gesto desde la ventanilla lancé un adiós para el cura Javier que recibió también la mujer del concejal de festejos y que le hizo sonreír y activar músculos de la cara que tenía olvidados por desuso. (pág. 399)

Me habría gustado contradecirle. Decirle yo tengo mis raíces, ahí fuera esas tierras son mis tierras. Pero no era cierto. Miré a mis hijos en el asiento de atrás. Ellos no podrían llevarme a enterrar, como había hecho yo con mi padre, a un lugar que significara algo para mí. Gus tenía razón. San Gus. Éramos lo que hacíamos. (pág. 402)

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